miércoles, 10 de febrero de 2010

PRENSA

La sierra, en pie de paz.
Juan José Téllez
La Voz (10/II/2010)

Por sus venas minerales, la sierra de Cádiz lleva sangre de jornaleros, de mordaza y de maquis, de demasiados siglos viendo si el señorito ponía buena o mala cara. Demasiada rebeldía para tanto silencio milenario. Que nadie se extrañe si ese polvorín estalla bajo el huracán del olvido. Ayer, la huelga general convocada por el Sindicato Andaluz de Trabajadores echaba a tres cuartas partes de Ubrique a la calle, llenaba de banderas blanquiverdes la plaza del Ayuntamiento de Villamartín y prácticamente paraba Algodonales, Alcalá del Valle, Bornos, Espera, Torre Alháquime, Olvera y Puerto Serrano. También le echaba el cierre al polígono industrial de Bornos pero no lograba que el Carrefour de Arcos se sumase a una movilización que fue mucho más que un símbolo: quien no quiera mirar, que no mire. Quien no quiera entender, que no lo haga. Esas banderas y esa misma rabia recorría, treinta años atrás, la sierra de Cádiz en el puño cerrado pero en pie de paz de Paco Casero y de los malogrados Diamantino García y Jesús Bernabé. Tiempos, entonces, del grito de Munch por una autonomía plena y una reforma agraria imposible; tiempos de Soc y de toma de tierras, de la maquinaria que sustituía al jornal sin que con el empleo comunitario le llegase la camisa al cuerpo de estos pueblos que el PER convertiría luego en caseríos del turismo rural y estampas blancas para una foto en Fitur.

En Cádiz, estamos acostumbrados a que la gente del mar forme la marimorena: pescadores sin caladeros, obreros de astilleros sin carga de trabajo, contratas olvidadas en los planes de prejubilación. Pero cuando los montes se tiran al monte es que ya todas las gotas han rebosado el vaso de su paciencia. Allí, en esas crestas de endrinas y de pieles, no sólo falta trabajo sino expectativas. Lo gritaba, lo declamaba, lo exclamaba ayer Diego Cañamero desde las mismísimas tripas de la incertidumbre. Esa gente que desde hace centurias fiaron su porvenir a la tierra que también fue de sus padres sin ser definitivamente suya no se conforma con la sopa boba de los subsidios, sino que ambicionan la dignidad del trabajo que uno no sabe a ciencia cierta si cabe en la política agraria común de la Unión Europea. Ayer, a puñados o en masa según los pueblos, la sierra de Cádiz no sólo servía como refrendo para el sindicato convocante o como pancarta electoral para Izquierda Unida, el Partido Andalucista o incluso el Partido Popular, sino como reflexión profunda para muchos socialistas que no entienden cómo su partido no llega a estremecerse definitivamente por ese estruendo justiciero. Que nadie se aproveche de esa movilización unánime. Que nadie desprecie tampoco esa manifestación fieramente limpia. Ayer, esos montes gritaban socorro, como si la placa tectónica de la marginación por fin se transformara en un formidable terremoto humano. Y nadie debe ponerle sordina a semejante movimiento sísmico. De lo contrario, los responsables públicos que comentan semejante error pueden terminar recogiendo escombros en vez de votos.

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