miércoles, 16 de septiembre de 2009

PRENSA



Huckleberry Finn
Juan José Téllez
La Voz de Cádiz
16/septiembre/2009

Mark Twain era un maestro, pero en el fondo, Tom Sawyer tenía un cierto aire de niño modélico. De entre su admirable obra, el personaje literario que molaba, en verdad-verdad, era Huckleberry Finn; el desarraigado, el sin techo, el del padre borracho, el trotamundos que se embarcaba con Jim, un esclavo negro que huye de las cadenas, en una almadía rumbo a Ohio, a través del Mississippi. Ayer, en aguas del Estrecho, le imitaron media docena de chavales que por no tener, ni siquiera tienen una edad definida; parecía que tuvieran siete u ocho, pero confesaban catorce o quince, aunque los despachos de agencia les situaban entre los diez y los once años de edad.
Cruzaron once millas a bordo de un bote de plástico. En medio de las olas. Como el título que la película de Pepe Freire en torno a la obra del poeta gaditano José Manuel García Gómez, que hoy se estrena en Alcances. Qué raro que no haya salido en su auxilio el Defensor del Menor de la Comunidad de Madrid, Javier Urra, lo mismo que si fueran hijos de Belén Esteban. Lo más probable es que cuando les analicen los huesos y las autoridades competentes decidan cuántas velas ponerle a las tartas de sus próximos cumpleaños, les ingresen en uno de esos centros de protección, de donde les formarán hasta los dieciocho años y les repatriarán a Marruecos si no logran darse el piro a tiempo antes de que nuestra democracia les expulse a la otra orilla del paraíso.
En realidad, lo más probable es que ellos creyeran que aquí no importa la edad para encontrar un curro o al menos intentarlo: tendrán que esperar hasta los dieciséis, a excepción de si alguno de ellos canta o baile y lo descubre Juan y Medio. ¿Se habrían atrevido a venir si hubieran sabido qué les esperaba realmente en Europa? Eso les pasa por no suscribirse a nuestra prensa. De haberlo hecho, lo mismo se hubieran echado a temblar porque el Partido Popular quiere rebajar la edad penal a los doce años, por aquello de que un chaval puede ir perfectamente a la trena con esa edad pero una chavala no puede decidir por sí misma si aborta con dieciséis. Y, desde luego, se hubiesen acojonado de haber sabido que Esperanza Aguirre, presidenta de la Comunidad de Madrid, pretende darle a los maestros de escuela el mismo rango de autoridad que un policía: mejor sería, por cierto, que también les diesen cursillos de autodefensa.
Seguro que esas seis criaturas habrían preferido seguir trotando por las calles y los muelles de Tánger antes de venir a un país en donde supuestamente protegemos a los menores pero en realidad les confundimos: mayoría sanitaria a los 16, pero a los 15 ya pueden conducir ciclomotores. Aunque no podrán entrar en una discoteca hasta la mayoría de edad, tendrán que traerse a sus padres de Beni Makadam para poder entrar de su mano en una corrida de toros. Sus amigos españoles tendrán que estar en el colegio hasta los 16, pero no podrán votar hasta los 18. Eso sí, como en Marruecos, cualquier menor puede consentir relaciones sexuales a los 13 años y casarse a los 14, siempre que sea por una justa causa y con la dispensa de un juez. A esa edad, por cierto, las niñas pueden ser legalmente madres.
Con tanto lío, en lugar de desembarcar en Tarifa habrían acompañado a Huckleberry Finn y al negro Jim en una almadía rumbo a Ohio. Y que le den por saco al pijo de Tom Sawyer.

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